Todo comenzó con una simple llamada para tomar el té. Nada extraordinario, salvo que hoy, en este mundo de mensajes veloces y pantallas omnipresentes, ese gesto de acudir a mi llamado fue una chispa de esperanza que se encendió en mi cuerpo. Por fin dejaría el WhatsApp, la videollamada, los audios entrecortados. Iba a encontrarme con mi amiga Coach Yeimy. Iba a verla, a escucharla sin filtros ni pantallas, a conversar con ella con el cuerpo presente y el alma disponible.
Costó coincidir. La vida va tan rápido, y el tiempo parece un lujo que tuvimos que ver nuestras agendas varias veces. Pero esa tarde logramos vencer al algoritmo, al apuro, al cansancio. Escogimos un lugar tranquilo, uno con buena luz, sillas cómodas y café recién hecho. Pedí mi bebida favorita —y un algo delicioso—, pero lo que más me entusiasmaba no estaba en el menú: era conversar.
-Conversar si! De verdad. De todo. De la vida, de los hijos, de los logros recientes y de los miedos persistentes. Sabía que Yei quien es mi Coach me ayudaría a ordenar lo que a veces siento confuso, como si sus palabras tuvieran la capacidad de encender lámparas dentro de mi mente. Ella escucha con atención real, de esa que no se aprende en un curso, sino que se cultiva con la experiencia y la empatía. Me mira con sus ojos color almendra, sin etiquetas, sin juicios. Solo está ahí, presente, ayudándome a ver lo que yo sola no puedo. Porque eso hacen las buenas conversaciones: nos devuelven partes de nosotros mismos.
Mientras le relato mi vida, siento cómo mi mente se despeja, cómo “me caen las pesetas”, como decimos aquí en Costa Rica. Es como si algo se destrabara internamente. De pronto, lo que parecía un lío mental empieza a tener sentido. El cerebro, como explica Mariano Sigman, es plástico, moldeable. Y hablar —sobre todo cuando hay confianza, amor y presencia— es una de las herramientas más poderosas para reorganizarlo.
Salgo de ese encuentro distinta. Renovada. Liviana. Como si me hubieran reconfigurado los pensamientos y realineado las emociones. ¿Qué fue eso? ¿Qué es esa magia que ocurre cuando dejamos de apretar botones y, en cambio, nos miramos, nos sentimos, nos damos tiempo para conversar?
Detrás de esas conversaciones hay algo profundamente humano. Una alquimia que transforma el caos en claridad. Un vínculo que nutre el cerebro, pero también el corazón. Hablar con un coach que te guía y te cuida es, quizá, la forma más sencilla —y más profunda— de cambiar tu vida.
Porque al final, lo que verdaderamente cura no es solo conversar: es ser escuchada con amor, sostenida en preguntas que no imponen, sino que abren; es ser abrazada por silencios que no juzgan, sino que invitan a encontrarte contigo misma.
Es ahí, en ese espacio íntimo donde palabra, emoción y cuerpo se alinean, que ocurre la transformación.
Es ahí… donde se hace la luz.
El Tip Ontológico: ¿Para qué conversar cambia la mente?
Conversar activa el cerebro como pocas cosas lo hacen. Cuando hablamos con alguien que nos escucha con presencia real —sin juicio, sin prisa—, nuestra mente se siente segura para explorar, reorganizarse y crear nuevas conexiones.
La palabra compartida regula las emociones, disminuye el cortisol, fortalece la empatía y permite que nuestras ideas, creencias y emociones entren en movimiento. No es magia: es neurobiología en acción.
Y lo más hermoso es que no hace falta que la otra persona tenga las respuestas. Solo necesita estar, mirar, escuchar. Porque el verdadero poder de una conversación no está en lo que se dice, sino en lo que se construye entre quienes se atreven a abrirse.
Eso es lo que sucede cuando conversamos con amor: el cerebro se aclara, el corazón descansa… y la vida, sin darte cuenta, empieza a cambiar.
Libro recomendado “El poder de las palabras: “Cómo cambiar tu cerebro y tu vida conversando” de Mariano Sigman, editorial Debate. Primera edición 15 de septiembre de 2022, ISBN [978‑84‑18006‑49‑4].
Hannia Jiménez Beut
Coach Ontológico
COA FICOP 4633

